Una semana en Sag Harbor
El pueblo ballenero de Long Island sigue midiendo el verano en velas, porches y el último ferry.
El puerto, a esa hora en que el agua copia el cielo.
Sag Harbor no es un secreto y, sin embargo, se comporta como uno. El pueblo ballenero de Long Island tiene Main Street, librería, muelle, y una vanidad tan baja que cuesta creer que el verano neoyorquino pase tan cerca. Se llega en auto desde la ciudad, se baja la ventanilla, y de pronto el paisaje se pone de shingle y hortensia, como si alguien hubiera cambiado el decorado.
Tomás Errázuriz se queda una semana en una casa prestada, a tres cuadras del agua. No hay itinerario. Hay un café a las ocho, el New York Times en papel, una caminata hasta el puerto. «Sag Harbor no se visita», escribe. «Se entra, como a una conversación ya empezada.»
Lo que se trae a casa
Un sombrero de paja. Un libro de segunda mano. La costumbre de poner la mesa aunque se esté solo. Y la certeza, difícil de explicar en Santiago, de que hay pueblos que enseñan a no llenar el día. El último día, el ferry de Shelter Island se ve a lo lejos. No se toma. Se mira. Eso también es un viaje.
Hay pueblos que enseñan a no llenar el día.
Tomás Errázuriz
Holloway volverá a Sag Harbor. No porque sea moda —la moda, aquí, llegó y se fue varias veces— sino porque el pueblo tiene la virtud rara de no cambiar para caerle bien a nadie. Esa es, también, una forma de estilo.


