El desayuno que no se apura
Una bandeja, un café, un rosa del jardín. El primer lujo del día cabe en la falda de la cama.
No es un hotel. Es un hábito. La bandeja se arma en cuatro minutos.
Nadie necesita un desayuno de hotel para vivir bien. Necesita cuatro minutos y una bandeja que no sea de plástico. Café en loza. Una tostada. Mermelada que se acaba, no que se exhibe. Un rosa del jardín, aunque el jardín sea una maceta. El diario, si aún se consigue en papel, doblado.
Isabel Rivas insiste en que el desayuno en la cama no es indolencia: es un límite. El teléfono se deja en otro cuarto. Se come. Se mira la ventana. Recién entonces empieza el día. «Si uno no se da eso un domingo», dice, «no se lo va a dar nunca.»
Si uno no se da eso un domingo, no se lo va a dar nunca.
Isabel Rivas
La bandeja, de madera clara, vive en un estante de la cocina. No se esconde. Verla es recordar que el hábito existe. Eso, en Holloway, es todo un programa de vida.


