Una biblioteca en azul
Paneles navy, un sillón de cuero, la lámpara de bronce. El cuarto al que se entra para no salir.
El navy de las paredes hace que los lomos se lean como un jardín.
Una casa sin un rincón para leer es una casa a medias. Este estudio —paneles navy, libros hasta el techo, un club chair que ya tiene la forma de alguien— no se diseñó para las visitas. Se diseñó para las diez de la noche. La lámpara de bronce hace un círculo en el papel. Afuera, el jardín se ha vuelto negro.
Emilia Vargas cree que el color de una biblioteca no es un capricho. El navy absorbe, calma, hace que los lomos se lean como un jardín. El blanco, aquí, cansaría. El negro, dramatizaría. El navy es exactamente el tono de una conversación baja.
Qué se guarda, qué se deja
No se cataloga. Se convive. Hay un diccionario que no se abre nunca y se queda. Hay novelas que se prestan. Hay un estante de jardinería, otro de cocina, otro de viajes con los lomos destrozados. Una biblioteca de verdad tiene polvo y una silla que cruje. Si brilla demasiado, es un set.
El navy es exactamente el tono de una conversación baja.
Emilia Vargas
Se entra con un vaso. Se sale más tarde de lo previsto. Esa es la única métrica. Holloway recomienda, si hay que elegir un solo cuarto al que ponerle dinero, este. El resto de la casa se ordena alrededor de quien ya sabe dónde sentarse.


